Adolfo Álvarez: La batuta en la baqueta

En adelante les presento la entrevista que le hice a Adolfo Álvarez, baterista de jazz en México, grande por sus conocimientos, su talento, su recorrido durante y tras Orbis Tertius, y su forma de expresar lo que implica vivir en el universo de esta música fantástica.

Debo decir que esta es posiblemente la entrevista más interesante y divertida que me ha concedido un jazzista hasta ahora. Los invito a aprender del maestro.

Adolfo Álvarez

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18 de julio, 2012

“Yo te tengo una propuesta, yo quería hacerte unos comentarios, posiblemente yo sea bravo, enojón, todo eso junto, entonces… no sé, hay una serie de cosas que me llaman a mí la atención últimamente… eso de “movimiento de jazz”, desde ahí quisiera yo aclarar cosas.

Yo soy del DF, nací en el DF y tengo aquí en Xalapa 35 años; tengo 59 años. Primero te voy a decir que nací en el DF porque mucha gente de provincia nace en el DF, ¿cómo está eso?… mis papás son xalapeños, se fueron a probar fortuna y los hijos nos quedamos allá, pero yo vine después acá, precisamente al asunto del jazz, invitado por Guillermo Cuevas, fundador de Orbis Tertius, para trabajar con Orbis Tertius, donde trabajé diez años redonditos. Estuve de sabático y después otro año más en Austria, ahí estuve un par de años, pero vivir en otro lugar más que ese tiempo realmente no; en Los Ángeles estuve casi un año, mucho más chico, pero realmente el lugar a donde me fui a vivir una vez fue a Xalapa. No me lo esperaba yo, vine a ver de qué se trataba y pues yo seguí la magia de Xalapa, me encanté y me enamoré y me quedé aquí.

¿Ya platicaste con Guillermo Cuevas? Yo te voy a contar la historia de lo que él inició, breve, como una aventura. Lo que yo más quiero decir es que esta cosa de movimientos, de tendencias y de escuelas, de repente no tienen más origen que la magia, el misterio que uno busca en una cosa no tiene más profundidad, después se hace profundo, pero antes resulta cuestión de una inquietud personal propia, no creo que… por ahí dicen de broma que le preguntan a Colón “¿a dónde va?… pues voy a descubrir América”, no, no es así. Él lo que realmente quiere es ir y subirse en un barco y ver qué se encuentra, ¿no? Es más, su plan era muy otro, ¿no?… descubrió una América que ni supo, además ni se enteró. Así nosotros estábamos intentando descubrir cosas para nosotros y a lo mejor ni imaginamos, llegamos a cosas que ni nos enteramos qué eran. Así pasan cosas. No se obedece a un plan premeditado. La onda era buscar una onda pa’ mí, era una búsqueda personal que después ha crecido.

También nos metemos luego… podemos intelectualizar mucho y, los que hemos leído cien libros o doscientos acerca del jazz y le hemos dedicado la vida, pues filosóficamente te pones a pensar qué es y nosotros tampoco sabemos, pero por otro lado, si te pones a verlo fácil, también se puede y no es cosa de otro planeta: el jazz es una música o una de tantas músicas, un estilo, una escuela, un género; en realidad es un género musical que es bastante claro, se define bastante bien, el jazz nació en los Estados Unidos, al sur, de la mezcla de dos culturas: la africana y la europea, establecida ahí al sur de los Estados Unidos, eso es lo que es el jazz, una música que sucede por el choque de dos culturas, punto final; o sea, porque no había jazz en Europa ni en Estados Unidos antes de los negros, ni tampoco había jazz en África, eso demuestra claramente que el jazz es una mezcla que se da ahí, es un choquesote, porque además es un choque como de un tren. Ése es otro asunto, el asunto socioeconómico, social, sociológico, se encuentran ahí… también me han dicho a mí, porque es una pregunta que se plantea así como muy elegante “cómo nace el jazz” y yo les contesto “¡de parto, como todo, nace de parto!… ningún parto es fácil”, si el más natural no es fácil, los otros son más difíciles. Entonces el jazz nace de parto, se grita, se suda y se llora y es una música, ok? Es una música, un género musical… ya después crece, varía, es muy hambriento, es ávido de todo lo que quiera saber, se nutre de aquí y de allá, yo pienso que el jazz en Europa será cosa de demostraciones y eso… pero para mí el jazz es eso; hoy en día hay cosas excelentes que se hacen en Europa, o en Xalapa, o en Japón, pero para mí el jazz es eso que nace de ése parto, de ése choque, de ése encuentro de negros y blancos y que no debe de perder eso, los que no somos exactamente esa gente, somos cultivadores de cosas que otros inventaron, que otros crearon, que a otros les sucedió.

Mira, yo estudié música desde niño, en la Escuela de Música de la UNAM, yo estudié música en México, violín y piano. Después llegaron los Beatles y todo lo demás que venía con eso, Rolling Stones, para mí personal, más los Rolling Stones que los mismos Beatles, eran así más bravos, más fuertes, y toda esta cosa del rock blues a la inglesa y a la americana, ahí empezó el caminito. Yo me enamoré de mi instrumento, de la batería, que es lo que yo toco, dejé el violín y el piano. El clásico fue una cosa infantil, fue cuando llegaron estas cosas. En ése tiempo me hicieron fuchi cuando quería cambiar a batería, no había batería como instrumento, era parte de la percusión. No había batería y esa cosa del jazz por ahí a lo lejos… y del rock peor, ¿no? Y yo empecé a tocar primero rock con mis cuates de la edad, después me pasé a la música popular por no dejar de comer, invitado ahí por unas gentes, me metí a trabajar en Televisa y muchas cosas de esas. Ya veías con los músicos populares, acompañar a algunos cantantes que ni te los nombro, los famosillos de la época, mexicanos… y pues de eso vivir. Pero el jazz es música popular también y siempre está esa cosa entre los músicos bueno… ahí está el jazz y ése sí está mucho más difícil, ése tiene mucho más que decir, ése tiene muchas más libertades, ése sí te puede dejar llegar a quién sabe donde, entonces siempre está ese atractivo… y, además, te voy a decir como historia mía, hay algo muy curioso que, por cierto, hoy sería su cumpleaños, cumpliría ya casi cien, mi mamá era amante del jazz, espero que nada más del jazz… bueno eso ya sería onda de ella. Ella era amante de esa parte del jazz que fue más popular realmente y más accesible a todos los públicos, más bailable, el jazz francamente bailable, de las grandes estrellas de los 40 y los 50, como Frank Sinatra. El baile era muy importante, esta pareja por ejemplo Fred Astaire y Ginger Rogers; el que está indagando de jazz debería ir más que para la actualidad y para adelante, para atrás, no es tanto, cien añitos de investigarle para atrás. Fue una época en que mucha gente estaba impregnada de esa cosa y a mí me llegó también, después fue otra faceta del jazz que también fue y sigue siendo muy importante: la bossa nova, el jazz que se fue a Brasil y se mezcló allá con músicos gringos y ahí los locales toda la riqueza, entonces se volvió muy padre cuando de Brasil vino para acá. Además vino con otro paquete que hay que tener en cuenta, o sea, si vas a hacer historia hay que tener en cuenta el paquete de cuando fue en México el primer Campeonato de Fútbol en México, 1970, esas cosas a veces arrastran algo más, en ese tiempo ganó Brasil, fue la estrella, todos jalaron con eso y se trajeron su música; yo tocaba en los bares en ese tiempo, en restaurantes, en ese tiempo realmente se tocaba en bares y lugares para cenar en el DF, era una época muy bonita, no había tanta tele y no había tanto Internet y todas esas cosas, la gente salía a divertirse. Nosotros salíamos, tocábamos de lunes a domingo, no había lugar para descansar, estaban llenos y no porque nosotros fuéramos las grandes estrellas, todos los lugares estaban llenos, la gente salía a bailar, todo eso me influyó a llegar al jazz. Yo oía a Frank Sinatra de niño, lo bailaba, mi mamá me enseñó a bailar bailar, no nada más a seguir un ritmo así parado, porque era importante, yo recuerdo que bailar es importante. Te ayuda mucho a sentir los ritmos, yo a mis alumnos los hago bailar, por ahí hay una leyenda falsa que dice que los músicos no bailan, sí bailamos y bailamos bien. Te ayuda, bailar te ayuda. Yo conozco músicos con problemas rítmicos, les preguntas y no bailan, si bailaran sentirían otra cosa porque pasa la música por ti y te mueve, eso es importante, una enseñanza más, ¿no? Hay que cantar, hay que chiflar… Hay que estudiar también. Bueno… Esa es mi historia.

Aquí también va a operar algo muy personal… Fíjate que a mí sí se me quedó una imagen que a lo mejor es falsa, pero así me parecía. A mí me llegó una imagen, cuando llegaron los Beatles, yo tenía doce años o trece… Me parecía que era un cuarteto de amigos tocando juntos, creo que todavía se explota esa imagen, de unos cuates que tocan juntos, pero que más que nada son cuates entre ellos, eso es lo más importante. Después te das cuenta, en muchas ocasiones, que lo mejor es tener un buen músico con el que hacer cosas, pero lo ideal sería que fuera tu cuate, ¿no? Porque sería muy difícil estar tocando con alguien que no es tu cuate, da mucho trabajo, se puede, pero da mucho trabajo, o caes en esa impersonalidad de que “bueno… Ejecutantes“. Precisamente en el jazz y otros géneros también que son populares y en el rock seguramente, no sé, no quiero poner etiquetas, yo creo que sí es importante que los músicos sean cuates entre ellos. Por ejemplo, en el jazz, en algún momento llegamos a hablar de la improvisación; la improvisación, entre otras cosas, es un juego, ¿no? Es un diálogo, es una plática. Pues yo platico con mis cuates, juego con mis cuates, me divierto con mis cuates. Para que tú seas amigo de alguien, vendrán las coincidencias, alguien que encuentras culturalmente para platicar, para comunicarte, ¿no? Después la vida te lleva y te enseña que muchas veces estás tocando con el enemigo. Por ahí hay una película que se llama Durmiendo con el enemigo, hay veces quien toca con el enemigo… Y sí, también hay diferencias, problemas y mucho… A veces hasta problemas fuertes. Pero lo ideal sería que sí fueran tus amigos. Mi círculo incluye también gente afín al arte, eso también depende de tus aficiones, a mí me gusta leer, no soy el lector más poderoso del planeta, pero leo… entonces necesito platicar con gente que tenga información sobre la lectura que yo leo. A mí me gusta la literatura, principalmente, y ese es un punto de conexión, ahí te encuentras con la gente, igual para una pareja… una novia, esposa, no sé… Necesitas puntos de comunicación. Entonces sí, tengo amigos pintores, escultores. Estuve casado con una pianista, luego con una bailarina y así va.

No sé cómo es la vida del músico de jazz… Exactamente, este pequeñísimo grupo de músicos que fuimos, en primera, parte de Orbis Tertius, músicos de jazz cobijados por la mano protectora de la Universidad Veracruzana, gracias al rector que recientemente murió, Roberto Bravo Garzón, que él era muy amante de las artes y las promovió y las metió a la Universidad. Creó empleos y alguna gente le criticaba por eso, “¡oye! Cuánto distrajiste de dinero que a lo mejor era para otras cosas y lo pusiste en el mundo de las artes…”. Los que estábamos en ese mundo se lo agradecimos siempre y se lo seguimos agradeciendo. Nosotros vivimos como los músicos de jazz más raros del planeta, no hay ni ha habido, tal vez ni habrán otros cinco, seis músicos como nosotros, en la historia del jazz de todo el mundo. Cuando nosotros íbamos por ahí decíamos “mira, nosotros fuimos becados para hacer lo que nos diera la gana, sin que nadie nos pudiera decir qué hacer” y que lo único que nos pedían era que nosotros tocáramos, que era lo que queríamos hacer, y la gente nos veía así como diciendo “hijo de…”. Yo hace rato rechacé la lotería, porque pasaron a vendérmela, porque ¡ya una vez me la saqué! Me la saqué y ya, ¿no? Hicimos exactamente eso, lo que queríamos, como queríamos y casi cuando queríamos, becados de por vida, porque ahora que estamos retirados, tres, cuatro, del Orbis, seguimos gozando de una pensión, ¿no? Entonces seguimos viviendo del jazz y hacemos exactamente lo que nos da la gana, pero te lo juro que somos cinco personas entre siete mil millones, en serio… Entonces, los demás músicos de jazz, yo sí sé cómo le hacen, se las ven negras para sobrevivir, ¿no? Tienen que hacer otras cosas, tienen que vender sus habilidades musicales para hacer otra cosa o… Hacer otra cosa, vivir de tener una tiendita de aceite para coche en la esquina, no sé… Pues, a lo mejor ellos son hasta más enamorados que nosotros, ¿no? Si es que tienen que hacer cambios de aceite en la esquina y además luchar por ser músicos de jazz. Nosotros tuvimos el placer, enorme privilegio, de ser elegidos por los dioses para sólo hacer eso, entonces ha sido maravilloso.

El fundador, ya te decía yo, fue Guillermo Cuevas, yo no soy de los originales, el grupo empezó en el setenta y… no tengo muy bien la idea, 74, 75; también hay un antecedente de eso, de hecho sí te puedo hablar de Guillermo Cuevas en un grupo THNB, de la gente que se interesó y todo por el jazz, pero ya cuando se formó Orbis Tertius y coincidió con la llegada de este Rector, se pudo reincorporar este grupo a la Universidad Veracruzana. A partir de entonces hubo un sueldo y una seguridad de vivir, una modesta, porque nunca tuvimos la seguridad de hacernos ricos… por fortuna, como pa’ qué… pero digno, suficiente, bien administrado está magnífico, pero no fui yo fundador, los que sí fueron fundadores fueron Guillermo Cuevas, pianista; Humberto León, guitarrista; Lucio Sánchez, bajista; ellos sí estuvieron desde el inicio del proyecto universitario del jazz. Yo llegué después, algunos cinco años después y me incorporé al asunto en sustitución de un baterista americano que estaba antes. Los fundadores fueron otros, pasaron por ahí, algunos se quedaron con la plaza, otros no, se fueron, en fin… Yo estuve de 1980 a 1990, diez añitos y después de eso, dentro de la misma Universidad tuve la oportunidad más grande de dirigir mi propio grupo y así me quedé hasta que me jubilé hace año y fracción. Pedí permiso para fundar Jazz entre tres, que es el nombre de mi grupo, que así fue… Me encuentro con Edgar Dorantes, con Benjamin Willis, antes Humberto León y Agustín Bernal, que son músicos muy buenos y muy importantes y ahí empezamos a hacer esta cosa. Los músicos de jazz como nosotros somos únicos, por la Universidad, muy privilegiados en ese sentido, a lo mejor nos hizo bien, a lo mejor nos hizo mal, a lo mejor hay que sufrir más para ser un mejor músico, pero nos ayudó muchísimo, yo dije “Ok, estoy consagrado a esto”, y yo, personalmente, como te digo, es cosa de tendencias personales, yo dije “Okay, ya estoy parado donde hubiera querido, personalmente, estar”. Nunca volví a tocar una sola nota de otra cosa que no fuera jazz, ¿no? En la búsqueda de eso del jazz. Hay otros compañeros que dicen “no, yo sí toco lo que sea… en una boda, en un baile, en una fiesta de quince años”, ¿no? Yo no, algunos de mis compañeros tampoco, nos dedicamos cien por ciento a la música de jazz.

Nuestro trabajo con la UV era de tocar principalmente para la comunidad de la UV, tocar en las facultades, cosa que se hizo siempre. Visitas a las facultades, en todas las regiones de la Universidad del estado. Vas y tocas en las escuelas, los auditorios, las veces que te lo soliciten; el contrato es así. Tocábamos muchos conciertos, otros conciertos didácticos y otros actos oficiales de la UV, que algunos no nos encantaban porque resultaban poco musicales o poco jazzísticos, poco propios para nuestra labor que, más que nada, debía ser educativa… entonces si te ponen a tocar en una cosa que no viene al caso es poco lo que puedes dejar ahí. Tocamos en salas, auditorios, salas magnas y dimos pláticas alrededor del jazz, ésa era nuestra verdadera labor como Orbis Tertius. Fuimos a conciertos padres también de otros lados, fuimos al Cervantino, a algunos lugares de la república, hubo un par de cosas para el extranjero también, hubo viajes antes de que yo estuviera en el Orbis también, a Los Ángeles y a Polonia, pero el asunto es que además de eso nosotros tocábamos en el cafesito, en el changarrito de la esquina, que es con mucho la mera esencia del asunto, ¿no? El jazz se ha vuelto de conciertos y  tiene un antecedente largo ya de ser música de concierto, salas, auditorios, teatros y de festivales; los últimos diez, doce, quince años, los festivales se hicieron muy importantes, música de festivales. Los festivales se arman según el lugar, el país, en carpas y en escenarios se han vuelto la esencia de lo que se hace ahora. Bueno… el changarrito con cuatro cuates, tres bohemios ahí, medio borrachones… ése es el gran encanto del jazz, ¿no? Hay quien dice que no debes oír jazz si no tienes una cerveza en la mano, puede ser, por qué no. Los amigos que tenían restaurantes nos dieron la oportunidad de tocar en algún rinconcito y generalmente no muy remunerado, a veces no remunerado, con el fin de dar esa cercanía con el jazz.  Esa es la gran cercanía con el público y esta música. A mí… yo había visto algo de jazz en conciertos, cuando fue la Olimpíada del 68, que fue de las primeras cosas que vi de músicos internacionales y conciertos que vi en la Escuela Nacional de Música, y cosas que vi por ahí en el DF en el Conservatorio, pero cuando tuve la oportunidad de estar en un bar de jazz, en corto, así con los músicos a seis, ocho, diez metros de mí, tenerlos a esa distancia es maravilloso, no se parece a estar en un concierto aunque los conciertos sean muy buenos, esa especie de foso que hay entre el músico y tú, esa formalidad algo mata, algo quita, en cambio el changarrito, la cerveza te da un ambiente muy propio.

A mí me pasa que si tengo que tocar, por ejemplo hoy es miércoles y tengo que tocar el viernes, yo, personalmente, estoy ya emocionado, excitado, procuro… bueno, siempre hay que practicar y estudiar, son dos cosas distintas. La emoción ahí viene, es una cosa muy emocionante y que llega hasta el momento previo que vas a tocar con una especie de nervio, una adrenalina, una… Excitocina, no sé yo de hormonas, pero es muy emocionante, ¿no? Nos han preguntado una vez si nos dan nervios que equivalen a eso, en mi caso no es eso, yo ya sé que voy a presentar lo que puedo, tengo claro cuál es mi nivel, sé muy bien que no soy el mejor jazzista de la historia, eso lo tengo claro desde… toda mi vida. Sé que lo que hago lo hago porque estoy muy enamorado del asunto, porque me gusta a mí, porque quisiera compartir con los demás lo que hago. Yo ya me muevo en un nivel en el que no voy a ver si me sale, ya me sale y ya sé que me sale. Ese es el momento previo, el momento de tocar pues… es muy lindo, yo te podría decir cosas que a veces uno se atreve a decir, compararlo con lo que es hacer el amor, incluso también previo al momento o en el momento o después, bueno… después de hacer el amor también hay que ver qué resultados tuvo y cómo estuvo o cuánto te aporta, cuánto te da, pero a lo mejor no es necesario compararlo con nada, es en sí mismo hermoso, ¿no? Sobre todo si dices “voy a hacer lo que yo quiero, dar lo que yo puedo”, igualmente cuando hay ocasiones que por equis o por zeta no puedes entregar lo que quieres y entonces es rudo, es frustante, es cruel, es difícil, no siempre te salen las cosas, pero si vas y haces lo que ya tienes en tu dominio, lo que ya tienes en tu control y lo entregas a tu público y a tus compañeros, por eso es importante hacer música con tus amigos. Bueno, aunque la primera parte es un juego medio sucio: tocas pa’ ti. Segunda, tocas para tus compañeros que son los que te entienden mejor, ellos saben muy bien qué estás haciendo y te pueden juzgar muy bien y lo demás; y después, llegar al público. Yo ahí voy a tener diferencias fuertes con mis compañeros, a mí me importa tocar para toda la gente, en el jazz hay una cosa, se ha vuelto muy competitiva, esa cosa de sólo tocar para otros músicos, ¿no? A ver a quién espantas, a quién apantallas, a quién le pasas encima… medirte de esa manera a mí me choca, no me gusta pero para nada. Yo no creo en la música olímpica, el arte no puede ser así, no debe ser así, no es su ámbito, el de la competencia. Tú puedes decir “éste me gusta mucho y aquél no”, eso está bien, y ni siquiera saber por qué, “me gusta porque sí y el otro no me gusta porque sí también”. El ámbito del arte tiene otros valores.

Después de la tocada me quedo ahí arriba y me cuesta trabajo tener descanso, me quedo ahí en la excitación de eso, me quedo pensando cómo salí en las cosas, disfrutándolo, pero sobre todo excitado “qué emocionante estuvo esto, qué padre estuvo aquello, qué hice aquí”, todo ese balance, y cuesta trabajo, ¿no? Normalmente eres bueno cuando después de tocar tienes la oportunidad de seguir con tus compañeros y tomarte un par de cervezas y comentar y todo, eso es lo más común, lo que uno quiere que suceda; a veces por necesidad de viajes, de compromisos, de familia, a veces después de que das la última nota tienes que cambiar de mundo y es horrible, espantoso; a mí me encanta eso, te mantienes con tus compañeros, una plática, unas cheves, te quedas con tus compañeros para que aquello vaya tomando piso, entonces ya puedes por fin descansar. Si yo me voy a dormir después de tocar, no me duermo, estoy dando brincos en la cama.

Han habido músicos muy importantes, hablo de los jazzistas, que es lo que más conozco, seguramente en todas las músicas los habrá, pero Duke Ellington, que es uno de los pilares de esta música, decía en una de sus autobiografías, tiene dos, decía “no vale la pena tocar, si no tocas para una mujer”. En ocasiones es absolutamente cierto, parte de ese juego es que tú llegas ahí a tocar y buscas la musa entre la gente, en el público buscas la musa y tocas sólo para ella. Yo, a veces, voy a decir que, no soy gay ni bisexual tampoco, pero a veces busco alguien que me ponga atención, no necesariamente una mujer, ¿no? Sino aquella persona que quiera entrar en comunicación conmigo. Yo creo que fuimos así por ese camino de compartir, cumplir con una institución, la cosa de educar, de ampliar un poco el círculo. Todos los que formamos parte del Orbis dimos clases a nivel particular, no teníamos una obligación oficial de dar clases, pero siempre lo hicimos porque siempre fuimos músicos más entrenados con más oportunidad de hacerlo, entonces los músicos interesados se acercaban a nosotros para pedirnos una clase, un consejo… Ahí empezamos nosotros a difundir el jazz, sin darnos cuenta, tanto a hacer un público como a hacer otros músicos. A mí me buscaban muchachos que querían tocar la batería para tocar otra cosa y los mandaba yo a volar, “mira, si lo que quieres es tocar la batería y acompañar a Luis Miguel pues entonces busca a alguien en esa línea”; claro, yo dividía mi trabajo entre dar una clase de técnica o una clase de jazz, de la batería, pero a mí no me interesaba el alumno que no le gustaba el jazz. Fácilmente le daba tres clases, lo reprobaba y ya. Sólo a los que les interesaba el jazz. Fuimos haciendo una escuela de la manera más tradicional y más clásica que el jazz lo hace, a través de una tradición oral, de una tradición de herencia. El jazz, el gran jazz, el mero mero así ha sido, pero también empezó a surgir un lado en que se empezó a investigar sobre el jazz: “bueno, ¿qué cosa es esto?”, los músicos de otras áreas empezaron a interesarse, empezaron a preguntarse “¿por qué yo, músico de la Orquesta Sinfónica, que soy un buen músico, que soy un ejecutante excelente, impecable, no puedo tocar jazz? ¿qué pasa?”, ¿no? Empezaron a decodificar el asunto, a bajarlo a su disco duro… y, te voy a decir una cosa: nunca lo lograron. Pudieron bajar toda la información técnica y la otra, la de lo que te he descrito desde que me senté, también había que hacerse de ella. Había que mamarla, había que estar enamorado, había que estar en ese compromiso. Un músico de jazz vive enamorado de lo que hace, vive por eso, para eso y en eso, porque si no no estás adentro, tú no puedes decir “hago jazz ahorita y en la tarde me voy a tocar unas aves marías para una boda”, ¡no! ¡no se puede! Eres o no eres, no hay un medio, ésa es mi postura, tal vez te vas a encontrar con quien diga que estoy equivocado, está bien, de acuerdo. Yo te digo mi postura, la de los apasionados, locos. Aquí te cuento la anécdota de un pianista chileno que se llama Claudio Arrau, a ese hombre le preguntó una vez una seño tonta, muy tonta, después de un concierto subió a un camerino en donde dijo “ay maestro, yo daría la vida por tocar como usted” y aquél se revolvió como tigre herido y le dijo “¿y qué cree que di yo señora?” Ay sí “yo daria la vida”, ¡pues dela! No anden diciendo, ¿no? En fin, ahí con eso llegamos al asunto de escuelas de jazz. A mí las escuelas de jazz no me gustan, ninguna. Yo no tuve oportunidad de ir a ninguna, pero celebro mi formación, ¿no? Eso quiere decir que yo tuve la oportunidad de aprender de otros músicos, de todo, ¡de todo! También aprendí a fumar mota, cosa que no me gustó, que no me interesó, pero hay una frasecita que yo me acuñé hace tiempo para respuestas rápidas y la sigo creyendo, yo siempre decía: “nosotros hemos sido estudiosos, pero nunca fuimos estudiantes”… ¡Porque hay estudiantes no estudiosos! Y hay estudiantes estudiosos también, pero entran en una categoría ya bien asimilada. Yo soy músico de vieja guardia, semi vieja guardia, porque hay otros más viejos que uno, pero a mí me gustó mucho eso siempre: esa herencia de cómo le vas sacando, cómo le investigas, de dónde viene, qué difícil es saber. Ahora es demasiado fácil, algunas cosas, ¿no? Si quieres saber de armonía ahí hay escuelas, hay videos, hay Internet. Si yo te contara lo que nosotros teníamos de ayudas técnicas, eran entre poco y nada, en serio. Ni siquiera teníamos a la mano los discos LP’s que era lo que nosotros podíamos usar en ese tiempo, era muy difícil conseguirlos, eso también había creado una especie de club íntimo, misterioso, donde solamente pertenecíamos algunos iniciados. Eso, si tú dices, está mal, también había que haberlo ampliado, está bien, a lo mejor sí. Sin embargo, a mí me gustaba o me gusta pertenecer a ese selecto club a donde llegamos los eternos enamorados buscando, tocando puertas, equivocándonos diez mil veces y tratando de encontrar por dónde será el asunto, hasta encontrar a alguien de buena voluntad, algo bueno, y que no te diga “primero tienes que fumar más”, cosa que no es cierto, grandes jazzistas se murieron por andar metidos en las drogas y otros grandes jazzistas nunca las tocaron, entonces no tiene nada que ver. Hay una época negra del jazz, ahí como los cuarentas y cincuentas, donde los más grandes jazzistas de la historia del jazz, todos se murieron a los cuarenta años por drogas, ¿no? Y no era necesario, no hubiera sido necesario.

A mí esto de escolarizar al jazz, me parece que produce, aparte que hay gente estudiosa, aparte que hay estudiantes estudiosos, también produce estudiantes no estudiosos y esos que no están enamorados y esos que pasaron por ahí porque se les hizo fácil, porque les llamó la atención alguna de esas cositas del jazz, como eso de “con eso sí voy a conquistar a muchas chavas, o a muchos chavos…”. Entonces se presta a que llegue mucha gente así a estas instituciones, no hablo de aquí, ni de la del DF, hablo de todas, incluso de las mejores de Estados Unidos y de Europa, algo me dan que no me gusta. Acabo de estar en España con Lucio Sánchez, hace un mes y medio regresamos. Vi cosas muy padres y todo y una vez más me tocó ver cosas muy bien hechas a las que les falta un ingrediente y cosas; cuando sí tenían el ingrediente averigüé qué era y era que eran callejeros, bien hechos, ¿no? Tenían ese encanto. Cuando llego a este punto yo siempre les pongo el ejemplo “imagínense qué va a pasar cuando haya la Facultad de Rock”, vamos a dejar al jazz en paz. Piensen en la Facultad del Rock. Todos los dioses quieran que nunca la pongan, ¡qué chiste va a tener! La música de rock no es tan compleja como la música de jazz, no se usan elementos tan complicados, sus valores son otros, sus encantos son otros, su aproximación con la gente es otra, pero tiene todo ese encanto. Dime tú de qué escuela van a sacar a los Rolling Stones, son unos ancianos, pero ancianos venerables, que todavía están ahí parados en el escenario, guardando hasta el look, ¿no? Mick Jagger es el mismo Mick Jagger de hace sesenta años, ahí está, ni siquiera se dio el gusto de echar panza, las cervezas se las quedó, se las inyecta para no engordar. Directo a la yugular. Además la fama de drogos que tenían… hace muchos años que se cuidan como si fueran modelos de Vogue. Pero tienen la facha. Ese guitarrista de ellos, Keith Richards, ¡qué tipazo, no! Muchos dicen que es el diablo, porque es así, feo, agresivo, maldito… ¡se come a los niños y toda esa cosa! ¿Van a llevar la materia de ellos en la Facultad de Rock? ¿Van a llevar materia de cómo fumar mota? ¿de cómo inyectarse cocaína? Y van a llevar materias de cómo despreciar a las chavas y cómo ser gacho, ¿o cómo le van a hacer para que salgan rockers como deben de ser? Y luego, cómo se visten, los músicos de rock tienen un atuendo que, por cierto, los músicos de jazz no lo tenemos, salvo en ciertas ocasiones, eso es algo que yo critico en los músicos de jazz. Últimamente hasta sucio se vale ir a la tocada, yo no puedo, yo sí me baño para ir a tocar, me pongo una camisa limpia, por amor y por respeto a mi música y a mi público, pero somos mal vestidos. Nos vestimos casualmente, como andamos. Cada quien como quiere, es parte del asunto, pero el rock tiene su atuendo, para ser rocker hay que ser así, pero no vale disfrazarse, ¿no? ¡hay que ser así! O sea, si alguien se disfraza para ir a tocar, qué mal. Yo veo que un rocker es como es todo el tiempo: todo el tiempo trae el pelo largo, todo el tiempo trae sus botas, sus anillos… Ojalá que nunca se les ocurra. Pa’ mi gusto hay una gran parte de la escolarización del jazz que, para mí, no, vino a matar algunas cosas ¡las asesinó! El jazz ahora es otra cosa, se ha ido volviendo otra cosa. Te digo, los destalentados y los estudiantes no estudiosos, esos solitos se eliminan y ya, pero los que sí son estudiosos y talentosos tienen otra idea, tienen otra cosa… Aquí me regreso hasta el principio: si el jazz es el resultado de dos culturas, nosotros aunque no seamos negros y aunque no hayamos nacido a orillas del Mississippi, deberíamos de conservar aquella cosa, seguirla teniendo, porque un jazz sin blues, un jazz sin sus raíces es como una persona sin ombligo, no tienen mamá, son de probeta. Para mí es eso, hay jazz de probeta, cuando les ves la panza no tienen ombligos y esos no son humanos. Los jazzistas que no tienen ombligo no son jazzistas. Yo prefiero a un músico menos entrenado, menos conocedor, menos preparado en aras de un músico con más personalidad, con más estilo, único. Mis músicos son mis músicos, toquen como toquen. Mi meta es que alguien vaya pasando y diga “¡híjole ahí está tocando Adolfo!”, ¿no? o “creo que no voy a entrar, me choca”, prefiero eso a que entren y digan “pues no sé quién está tocando, pero debe ser alguien, uno de tantos, toca bien, podría ser A, B, C, D, E, F, G… no sé quién es”. Eso sí está feo, para mi gusto. ¿Te lo pongo en otro asunto? Van Gogh, un pintor muy conocido, que nunca vendió nada, que no fue famoso ni tuvo dinero, se suicidó por una creencia, una cuestión de cómo eran las cosas para él. Su hermano le rogaba “píntate unos paisajitos así, unos facilones pa’ que vendas”. Pues no, “yo no, pinto o me muero” y se murió ¡y así, de ese tamaño! Esos son mis ídolos, no los cuates que pintan muy suave, acuarela, óleo, o los que son en computadora, esos no me interesan, ¿cuántos de esos quieres? ¿diez mil? ¿iguales, sustituibles? A mí me gustan los que no son sustituibles

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