La música es el arte en el tiempo, no me hagan perder el tiempo: Reseña crítica a Pare de su free

El nuevo estilo de la música vendrá de los corazones y las cabezas de verdaderos artistas, y no de oportunistas.

Jay Jay Johnson

Ayer asistí al concierto Pare de su Free, que dieron Iraida Noriega, Alaín Derbez, Todd Clouser y Arturo Báez… y aquí están mis observaciones.

Joachim E. Berendt (1986) habla de la música como el arte en el tiempo y explica que “la musicología sabe desde hace tiempo que la música puede producirse en dos dimensiones diferentes del tiempo. Stravinski le da los nombres de tiempo ‘psicológico’ y tiempo ‘ontológico’” (p. 312). El autor no profundiza en esta idea ni la desarrolla demasiado, pero se clavó tanto en mi cabeza que tras varias reflexiones y un poco de investigación sobre los términos, puedo decir que el tiempo psicológico se refiere a aquel que se vive cuando el alma entra en contacto con un nivel distinto al percibido bajo la absoluta realidad marcada por el reloj y, por lo tanto, podría definirlo como el momento sublime que experimenta el ser humano mientras sus sentidos están absorbiendo música. Más allá, el tiempo ontológico tiene que ver con la metafísica de la música, de la cual se pueden desprender muchísimos temas; entre ellos, me vino de inmediato a la cabeza, una conversación que tuve con Alex Mercado, en la que meditábamos sobre la comunicación que se experimenta entre el escucha y el músico que grabó en otra época y otro espacio: esa conexión y el estado de reinterpretación en el que el individuo se sumerge cuando está apreciando dicha pieza de arte, y que también implica un choque entre el tiempo “real” y el de la imaginación humana. También se podría hablar de un tiempo ontológico que deviene de la relación entre el compositor y el intérprete, arreglista y/o improvisador; es esa fusión que revive una idea que nació en otro momento y que ahora se moldea hacia la percepción y los sentimientos de un nuevo individuo creador.

En cuanto a Pare de su Free, no existió ni un tiempo psicológico, ni un tiempo ontológico, sino más bien una necesitad infinita de que el concierto llegara a su final.

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Para empezar, comenzó tarde, primer gran falta de respeto a la audiencia. Nunca cuidaron el volumen de sus instrumentos, cada vez que Alaín Derbez hacía una de sus “aportaciones”, se escuchaba la misma cadencia embarrada, carente de fondo, originalidad y sensibilidad a lo que los demás estaban escuchando.

Iraida Noriega dio una presentación muy penosa. No sé qué fue lo más abominable, si su desafinación constante, su intento desesperado por tapar a los demás músicos, su necesidad dolorosa de impactar al público con cambios exagerados de efecto en la voz, todos impertinentes;  o su falta de personalidad como músico: todo lo que cantó fue el calco de algo que ya existió y que se escuchó bien en las voces de sus intérpretes originales. Alaín Derbez se atrevió a compararla con Billie Holliday; y yo agradezco a las fuerzas superiores que no sufrí una embolia en ese momento.

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Arturo Báez es ahora un enigma para mí. Creo que es el ejemplo perfecto de lo que sucede cuando combinas a un buen músico con otros que no tienen ni la menor idea de lo que están haciendo. Digo esto porque ya antes tuve el gusto de escucharlo al lado del cuarteto de Jorge Fernández, en el que su aportación me pareció fantástica; mientras que en Pare de su free se pasó toda la noche correteando los intentos de los demás, desafinándose y perdiendo el swing a cada momento.

De Todd Coluser sólo puedo decir que a pesar de que tocó todo el tiempo, su sonido desapareció durante la mitad del concierto y sus aportaciones fueron muy básicas.

Entre otros detalles, se intentó hacer poesía beatnik. Alaín Derbez leyó algunos versos que nunca se entendieron por todo el ruido que traía detrás, dejando todo lo que se estaba intentando hacer en obsoleto. La falta de versatilidad en el ritmo y el hecho de que tocaran Dust in the Wind me dan para algún otro artículo sobre la falta de imaginación del artista contemporáneo.

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Algo que me preocupa demasiado es que a pesar de que se trató de un concierto desconsiderado, descuidado, carente de cualquier tipo de lógica y de gusto por lo sublime; la falta de conexión entre los músicos, de los músicos con la música y de la música con el público, la audiencia aplaudía. ¡Aplaudía! Una vez más me sentí como la persona que grita que Kikiri Boo es un pollo, pero todos insisten en que es un humano; o peor aún, viví en carne propia la historia del emperador que salió desnudo al pueblo: ¿el público finge que le gusta un producto mal hecho para no quedar como tonto? Esa mezcla de bluff y de condescendencia son síndrome de mediocridad y me aterra afirmar que son dos de las grandes razones por las que existe poca propuesta musical en nuestro país.

Para finalizar dejaré algo en claro, ¡el free jazz puede ser extraordinario! Es una de las grandes creaciones del ser humano en su intento de deconstruir los sonidos hacia un caos ordenado y estético, por lo que hacer free jazz no es meter un montón de ruidos a la licuadora, y mucho menos si el pobre público está a expensas de perder su tiempo y aprender erróneamente lo que este género significa.

Bibliografía:

Berendt, Joachim E., 1986, El jazz: De Nueva Orleans al Jazz Rock, Fondo de Cultura Económica, México.

Foto (excepto la de Kikiri Boo): Miguel Almaguer

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