“África creó el tiempo” y Richard Bona nos lo demostró

Por: Estefanía Romero

Fotografía: Mónica García

Han pasado unos días ya desde que el compositor camerunés dio un concierto en el Lunario del Auditorio Nacional y dudo que el impacto pueda olvidarse; ensamblado por el mismo Richard Bona (bajo/voz), y los brillantes Ciro Manna (guitarra), Michael Lecoq (teclados), Dennis Hernández (trompeta) y Ludwing Afonso (batería).

 

Richard Bona (bajo/voz), Ciro Manna (guitarra), Michael Lecoq (teclados), Dennis Hernández (trompeta) y Ludwing Afonso (batería).

 

El Groove apareció con la trompeta de Dennis Hernández decidida a alborotarnos. Se trató de “Kalabancoro”. Pronto entró un funk presentando el resto de la banda. En un salto sutilísimo todo se convirtió a un smooth jazz ¿tropicalizado?, pues estuvo enmarcado por un upbeat, a pesar de su naturaleza. Oscilaba entre ritmos brasileños (de bajo y batería) e ideas de bebop en la trompeta. La introducción cerró con un regreso al funk y un slap.

Bona se detuvo por un momento para anunciar que este fue su último show de América Latina, pero su gira por el mundo continúa. 

Volvió al funk y comenzó a cantar un scat. “Please Don’t Stop”.

Poco a poco se fue revelando que no sólo es un gran compositor, arreglista y multiinstrumentista, sino que también tiene una gran fuerza como director, pues detalles como el volumen, la fuerza sostenida, el golpe, los silencios: todo perfectamente planeado. La gente estaba extática: con la boca abierta o desbordando aplausos y gritos. Pocas veces podrás presenciar una comunicación tan fuerte entre el artista y su audiencia.

 

 

El siguiente tema que tocaron fue una balada, cuya melodía estuvo en el bajo. De repente un guitarrazo de rock psicodélico levantó los nervios. Fue un viaje de introspección. Las escobillas como cobijo de estrellas se abrazaron a una trompeta y un teclado casi pegados al silencio. Siguió una improvisación de teclado que bailó por encima de una conversación entre todos los otros instrumentos, la cual cada vez se hacía más compleja y además iba en crescendo. Qué inyección de euforia. Este fragmento fue un homenaje a Jaco Pastorius y a Weather Report: “A Remark You Make”.

India apareció con “Shiva Mantra”. Una monodia perteneciente a épocas ancestrales se dibujó por encima de una progresión rítmica brasileña. Luego scat y bajo, después un solo de guitarra. Cada instrumentó jugó con su personalidad propia. Este tema es perfecto para explicar una característica emblemática de Bona: la forma en que amalgama géneros y sonidos culturales. A diferencia de muchos ensambles actuales, que tienden a girar sobre la idea de un estilo, para después moverse a otro u otros; Bona puede decirle a cada uno de sus músicos que maneje un género diferente al mismo tiempo y el resultado es espectacular.

De un momento a otro ya estábamos en Cuba por culpa de la trompeta y el bajo. Todo el Lunario entró en trance cantando una y otra vez: “Kikiribu Mandinga”.

 

 

Continuaron con la alegría de “Eyando”. También muy inspirada en sonidos de Brasil, pero con un feeling apropiado: el estilo de Bona. En este punto pensé: es justo así como tenía que evolucionar la música popular que devino del jazz, con una fusión cultural de melodías, ritmos, pasiones, fraseos complejos que parecen simples y cuya emoción nos mantiene despiertos, pidiendo por más. Me parece que por todo esto funcionó también la idea de integrar un ensamble internacional de músicos.

De repente entró a la sala un jazz neoyorquino, protagonizado por la trompeta y su sordina que nos comunicaba una duda. De fondo una música opuesta, tropicalizada, resaltaba la historia como de un caminante perdido con sus pensamientos en una playa. 

Bona emplea todo el tiempo adornos que te sorprenden. Cuando imaginas que la melodía seguirá un rumbo fijo, este excéntrico músico que ha recorrido el mundo y la historia de la música, te pellizca con una o muchísimas ideas por encima de lo que ocurre. También nos amasa las neuronas a su gusto con vueltas en el volumen, los ritmos, los registros, la abstracción del tiempo sonoro. Como él mismo lo dijo:  la cultura occidental está muy basada en el uso del reloj, pero “Africa invented the time”.

 

 

Más adelante, Richard comenzó él solo con un juego de loops, grabando y soltando ideas. África, armonías de jazz, cantos melódicos, ritmos marcadísimos; la simulación de instrumentos con la voz…

El compositor también nos mostró un lado lúdico durante todo el concierto. Soltó bromas, contó anécdotas, hizo mímica. La calidez de su compañía es única.

 

 

Más adelanté aceleró “Teen Town” de Jaco Pastorius, que se presentó con un solo de batería y se tornó divertidísima en un duelo entre trompeta y bajo, el cual devino en un recorrido rapidísimo por todas las octavas posibles.

Al final todos aplaudían y gritaban enloquecidos. El tema fue uno sencillo de 4/4 con muchas vueltas a la imaginación, adornos de slap; después un poco de “I wish”, de Stevie Wonder. Todos nos pusimos de pie a bailar. Un rock, Brasil. ¡La catapulta de energía!

 

 

Bona se despidió, pero el público rogaba por más. El artista volvió, se sentó al piano e improvisó una canción “para hacernos dormir”. Las blue notes le salieron en una voz angelical. Se levantó al micrófono e hizo al público sostener una sola nota que duró varios minutos mientras él continuaba su canto monódico africano por encima de nosotros. Fue una meditación colectiva.

Richard Bona es sin duda uno de los artistas más completos que nos tocó vivir en esta época y eso es algo que debemos apreciar como lo hicimos aquella noche desbordando de felicidad, bailes, gritos y aplausos.

 

De izquierda a derecha: Michael Lecoq, Dennis Hernández, Richard Bona, Ludwing Afonso y Ciro Manna.

 

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