Fruta extraña en el Pizza Jazz Café

Por: Estefanía Romero

Edgar Fonseca me sorprendió de verdad con su guitarra anoche, sus improvisaciones fueron de lo más creativo: desde la armonía desbordando en posibilidades hasta sus adornos y otros momentos de rapidez pulcra. Me gustaría verlo en más conciertos, creo que tiene muchísimo que aportar a la escena de la ciudad. Además, descubrí con agrado que Adrián Escamilla, además de ser el dueño de esta grandiosa idea de lugar para reunir improvisadores: el Pizza Jazz Café; es un saxofonista de gran destreza técnica y lucidez emotiva: sus ejecuciones son limpias, profundas y existe una búsqueda tímbrica que siempre se agradece en el jazz.

 

 

Junto a Pablo Loaiza (batería) y Daniel Villapo (bajo), se logró anoche un encuentro musical bastante dinámico, gracias a la variedad rítmica, los matices y el juego de volúmenes.

Se trató de un homenaje a Billie Holiday que presentó algunos reconocidos standards: “Body and Soul”, “All of Me”, “April in Paris”, “Stormy Weather”… y “Strange Fruit”: la primera canción que Holiday escribió como una muestra dolorosa de la segregación afroamericana que ella vivió en carne propia durante toda su vida, incluso siendo famosa.

Sobre Estefanía Díaz, espero que en su próximo concierto se vista con una fuerte armadura de conocimientos y seguridad. Debemos sobre todo pensar que los tributos no tienen por qué quitarle el alma a las nuevas cantantes; al contrario: el verdadero tributo es hacer lo de otros con tu propia personalidad, puesto que aquellos hicieron lo mismo: llevar su esencia personal a la audiencia. Yo no termino de perdonarle ni a Diana Ross haber imitado a Billie Holiday para la película “Lady Sings the Blues”; hubiera preferido un play back o una ejecución con su propia voz. La actuación tiene límites para sostener el sonido: quizás visualmente sea atractivo, pero el producto final resulta viscoso y difícil de tragar. Deseo escuchar a Estefanía cantar siendo ella misma; esto es algo difícil de comprender cuando se empieza una carrera musical, pero no es por ello imposible. ¿Qué hubiera sido de Astor Piazzolla si Nadia Boulanger no lo hubiera orillado a sonar como él mismo?

 

 

“Strange Fruit” cerró el concierto con una demostración radiante de la tristeza de otros tiempos. Lo comenzó Loaiza dibujando ritmos tribales con baquetones. Me pareció una metáfora sónica (¿planeada?) escuchar la llegada y la evolución social del afroamericano. Pronto se le unieron los demás instrumentos, siendo el sax el más efusivo al encuentro. De ahí se desenrolló una pieza dramática, con historia, brincos y espacios oscuros, muy al estilo Holiday.

El concierto fue breve pero suficiente. Las improvisaciones instrumentales se incrustaron como pequeños diamantes a los largo de la noche, sin show off, pero con la grandeza que define un buen concierto de standards de jazz. Ya quiero volver a Pizza Jazz Café.

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