Esquizofrenia negra: ópera y blues

Por: Estefanía Romero

Foto de portada, tomada desde: Siempre! Presencia de México

Harriet, la obra modernista y onírica de Hilda Paredes, padece de la hermosa oscuridad dramática de un Cuarteto para el fin de los tiempos, de Oliver Messiaen, y está adornada con percusiones tintineantes propias del impresionismo. Presenta a dos cantantes: Harriet, el personaje protagónico que se encarga todo tiempo de manifestar su acento, perteneciente a la cultura afroamericana, en un canto operístico; y la narradora, quien a veces se convierte en los personajes secundarios, o en las voces que viven dentro de las alucinaciones de Harriet.

Se trata de un discurso cinemático que entreteje música con la estética del teatro negro de Praga, construido por imágenes minimalistas: a veces sólo recurre a siluetas deambulantes, barras blancas o figuras geométricas para crear saltos de dimensión en la narrativa. Los colores principales son negro y blanco, sólo los momentos más dramáticos se tiñen de rojo. Es hacia el desdoblamiento del nudo que vemos una ola de imágenes que acusan a la locura colectiva de una historia del maltrato a los afroamericanos en la cultura estadounidense.

Paredes sigue una línea histórica muy clara. Sólo a veces contrapuntea trazos de otros tiempos clave que se conectan con la vida de Harriet: la esclavitud en las plantaciones, la revolución de Lincoln; el racismo exacerbado, el linchamiento y la persecución tras las leyes que abolieron la esclavitud; Martin Luther King y la gloria de Obama. Justo en aquel intervalo entre la esclavitud legal y la prohibida, escuchamos cómo la voz de Harriet canta a modo de leit motiv la frase principal de aquel blues tan sonado en la época: “Let my people go”. Es escalofriante.

El guión es un magnífico rascacielos de prosa poética. Toda la estructura de la obra pertenece al delirio entre la vigilia y el sueño. Las alucinaciones de Harriet están invadidas de susurros y encuentros con el demonio. Sonidos de cascabel y seseos de la narradora te invitan a reconocer que en algunos momentos te encuentras en el infierno con la protagonista. Después la ironía: Harriet menciona a Jesús. A diferencia de las óperas clásicas, Paredes utiliza con mesura los cambios exagerados de registro y recurre a ellos únicamente en momentos que aprietan de desesperación. Los violines suenan a los azotes del esclavo. Todo se eleva en una sinergia perfecta e imponente. Y pensar que únicamente utilizaron además de las voces y el director, un esqueleto percutivo, un violín y una guitarra.

Si tienes oportunidad de asistir a esta obra, ¡hazlo!

 

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