Jazz: música degenerada

Por: Estefanía Romero

Muchas músicas han sido censuradas a lo largo de la historia, sobre todo cuando proponen y retan a los sistemas ideológicos y/o políticos imperantes. El cambio incomoda a la sociedad, que suele inclinarse hacia zonas de confort, y mantenerse encerrada en el útero que estas le ofrecen.

El jazz es, además de un género musical, un ícono histórico y global que representa la lucha por derechos humanos como la libertad, la igualdad y la tolerancia. En dicho sentido, ninguna otra expresión sonora ha impactado el mundo como lo ha hecho el jazz hasta nuestros días.

En noviembre de 2011, durante la Conferencia General de la UNESCO, la comunidad internacional proclamó el 30 de abril como el Día Internacional del Jazz, acuñando que:

  • El jazz rompe barreras y crea oportunidades para la comprensión mutua y la tolerancia;
  • El jazz es una forma de libertad de expresión, y simboliza la unidad y la paz;
  • El jazz reduce las tensiones entre los individuos, los grupos y las comunidades;
  • El jazz promueve la innovación artística, la improvisación y la integración de músicas tradicionales en las formas musicales modernas;
  • El jazz estimula el diálogo intercultural y facilita la integración de jóvenes marginados.

Durante el mismo evento, Audrey Azoulay, Directora General de la UNESCO, subrayó en su discurso que:

El jazz hunde sus raíces en la lucha por la libertad y la resistencia frente a la opresión. Esta música, con sus diversos estilos, ha sido adoptada y asimilada por innumerables culturas, metamorfoseándose en nuevos modos de expresión, en una resonancia infinita con la diversidad de cantos y sonidos del mundo. La miríada de formas en que el jazz se ha entrelazado con las culturas locales, nacionales e indígenas es la prueba de su riqueza y fecundidad. El jazz ha apelado y sigue apelando a personas de todos los orígenes lingüísticos, políticos y económicos, siguiendo su trayectoria original de expresión de la libertad, la dignidad y los derechos humanos.

Resaltar esto es importante pues, hasta antes de la llegada de Donald Trump a la presidencia, Barack Obama se encargó de llevar a la Casa Blanca diversos conciertos del género que tuvo sus raíces en un círculo de esclavitud, racismo y segregación; todo esto como ícono del triunfo de la igualdad racial.

Mi pena ante el proselitismo y la ceguera que ha reinado en Estados Unidos durante los años de Donald Trump, me llevó a traducir el discurso de la Directora General de la UNESCO, Irina Bokova, en la quinta celebración del Día Internacional del Jazz, en la Casa Blanca, en el 2016.

Irina Bokova

Qué tarde tan increíble. Señor Presidente, invitados distinguidos, me siento muy honrada de estar aquí con ustedes hoy. Muchas gracias, señor Presidente, por invitarnos, abrir la Casa Blanca para esta quinta celebración del Día Internacional del Jazz. Esta noche ciertamente la Casa Blanca se ha convertido en un club de jazz, una casa del blues; como usted lo dijo, la parte más importante para nosotros es celebrar el jazz como un diálogo en la cultura. Es derechos humanos, es una petición de libertad, y de dignidad humana.

El jazz nació en este país pero ahora está viajando por todo el mundo, ha ayudado a moldear el espíritu americano y ahora está con toda la gente, en todo el mundo. Y no sólo por esto es que el jazz es una gran música. Es porque el jazz acarrea valores fuertes, el jazz es sobre libertad, sobre coraje. Renovándose a sí mismo cada vez que es tocado, y eso nosotros lo vemos durante cada minuto de esta velada.

El jazz es sobre derechos civiles, es dignidad civil. Fue la música de la lucha en este país y yo diría que más allá. Pero el jazz también es sobre diversidad. Desde sus raíces en África, el Caribe, Europa y otros lugares. Y a través del jazz aprendemos de la discriminación, del racismo, pero aprendemos sobre el orgullo y la dignidad. A través del jazz improvisamos con otros, trabajamos mejor juntos, en diálogo y respeto. El jazz, creo, toca nuestros corazones y almas e influencia la forma en que pensamos y nos comportamos. Es por esto que la UNESCO creó el Día Internacional del Jazz.

Y creo que esto es algo que compartimos con Estados Unidos, la convicción de que debemos nutrir y aprovechar juntos el poder de la herencia, la educación para promover valores universales. Porque la cultura y los derechos humanos van de la mano y aquellos que buscan fragmentar la humanidad siempre comienzan con la cultura; en respuesta, debemos cantar, debemos escuchar y debemos compartir aún más cultura, herencia e ideas, y recordar los sonidos de cientos de tambores tocados en Congo Square* en Nueva Orleans. El primer año que celebramos el primer Día Internacional del Jazz fue el 2011, y creo que todavía están aquí los tambores de Congo Square, hoy, aquí en la Casa Blanca en el sonido de artistas en todo el mundo, juntos, unidos, cantando por la paz, por la libertad y por el respeto.

El jazz es sobre todo esto, y es por esto que la UNESCO se mantiene, y nos sentimos honrados de compartir esto con ustedes, en los Estados Unidos, y con el mundo.

Gracias, señor Presidente, es un gran honor estar aquí con usted esta tarde. Gracias.

Congo Square fue un espacio de Nueva Orleans que se abrió en 1817, en el cual se permitió que los esclavos se reunieran a convivir. Ahí, ellos decidieron cantar y bailar. Elaboraron ritmos complejos e improvisados: las primeras formas de jazz.

¿Y qué pasa ahora con Trump al frente de la Casa Blanca? ¿Ya no hay música compleja? ¿Ya no hay mensajes de unión? ¿Ahora sólo existen paredes?

Jazz: Música degenerada

Desde su surgimiento, a finales del siglo XIX e inicios del XX, el jazz fue denigrado dentro de su cuna, Estados Unidos, por ser la “música de negros” que “contaminaba” las grandes orquestas blancas. En 1924, cuando Paul Whitman encomendó la Raphsody in Blue a Gershwin y esta fue tocada frente a un amplio público, los compositores, críticos y audiencia se molestaron.

The Etude (1883-1957) fue en su tiempo la revista más popular en Estados Unidos. En 1924 anunció en su portada “El problema del jazz”, “una frase que evocó las crisis sociales contemporáneas como ‘el problema de los negros’ o ‘la cuestión de la mujer’” (Wasler, 1999, p. 41). Para abrir un debate, la revista solicitó e imprimió las “Opiniones del público masculino prominente y músicos”, las cuales respondían a la pregunta El jazz, ¿a dónde está llevando a América?”. Quienes participaron pertenecían a distintas instituciones y tradiciones musicales. Si bien la mayoría creía que el jazz era una forma de degenerar la música y la cultura, era claro que ninguno comprendía qué era el jazz en sí mismo. “Para los devotos de la música clásica, el jazz era un tema controversial; algunos sentían que el jazz corrompía a los jóvenes músicos al distraerlos de ‘la buena música’ y conduciéndolos a una técnica poco rigurosa” (p. 41).

Por fortuna, existieron ciertos críticos que sugirieron dejar de intentar explicar el jazz desde la música clásica, y comenzar a analizarlo como un nuevo tipo de arte, con una lógica propia. El primero en hacerlo fue el compositor y director James Reese Europe (1881-1919), quien, si bien no escribió al respecto, vio sus opiniones sobre la importancia de la música negra registradas: “El negro ama lo que sea particular en la música, y esto es jazzear.” (Wasler, 1999, p. 13). A todo esto, Europe añadió sus observaciones sobre el comportamiento de los nuevos usos tímbricos e improvisaciones de los miembros afroamericanos en sus orquestas.

En los años 50 llegó Leonard Bernstein (1959) a hablar en sus charlas educativas de por qué el jazz sí es arte y anunció que esta música, además, lleva en su génesis la influencia tanto de la cultura afroamericana como de la caucásica.

Sin embargo, la historia de la segregación y el racismo permanecen hasta nuestros días; y fueron las fuentes del sufrimiento de varios de nuestros grandes ídolos. Cuenta Billie Holiday en su biografía que, en gira con una orquesta de músicos blancos, ella era la única que no podía entrar a hoteles o comer en los restaurantes, por su color de piel. Platica que una cantante blanca viajaba con ellos en caso de que no permitieran entrar a Billie al escenario; dicha cantante solía comportarse de una manera ofensiva con Billie. Cierto día, en una parada de la gira, se restringió dar el show incluso a la cantante blanca, por el simple hecho de ser mujer. Nina Simone se desgarró la garganta para hablar de libertad, Bessie Smith murió porque no recibió atención médica debido a su raza; a Ornette Coleman no lo dejaban trabajar más que como limpiador de pisos; Sidney Bechet era un boleador de zapatos en América, mientras que en Europa era un ídolo. Tantos seres humanos que fueron aventados por la ventana a manos de una sociedad más parecida al infierno.

Paradójicamente, para la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, el jazz había llegado al resto del mundo gracias a la creciente industria discográfica, generando así multiplicidad de seguidores y una serie de censuras en diferentes puntos del globo. Este movimiento trajo consigo una nueva forma de rechazo hacia el género: un rechazo fuera de la cuna, de Estados Unidos, donde los líderes de otros países consideraron al jazz la música del capitalismo. No podrían haber estado más equivocados; Albert Murray (1916-2013) o Amiri Baraka (1934-2014), los críticos más lúcidos en la vida del análisis del jazz a través de los estudios culturales, bien explicaron que, lejos de ser una máscara capitalista, el jazz comenzó siendo la música del grito de los esclavos y la segregación.

Foto tomada del libro Swing frente al nazi.

Quizás estos extranjeros se confundieron debido a que el jazz durante los años 30 se elevó gracias al nuevo subgénero llamado Swing, que recorrió desde los barrios bajos de Nueva York (como Harlem, durante la era conocida como el Renacimiento de Harlem, cuando diversos artistas de color se reunieron a crear, en el único punto geográfico donde no se sentían rechazados), hasta los grandes salones de baile que llegaron a dibujarse en las películas de Hollywood que protagonizaron el entusiasmo de la época; así como en la publicidad de la radio y demás elementos populares que dibujaron la expansión capitalista de aquellos tiempos.

Hacia finales de los años treintas el Swing se convirtió en un negocio gigantesco. Se lo ha llamado “el mayor negocio musical de todos los tiempos” […] La palabra swing fue la etiqueta de éxito para toda clase de productos que debían venderse bien: figuritas de porcelana, cigarrillos, prendas de vestir femeninas” (Berendt, 1986, p. 37).

Cuando Joseph Goebbels estuvo al frente de la propaganda nazi, se abrió una fuerte publicidad en contra de los artistas. Se tiraron cuadros que fueron considerados amenazas al sistema dada su naturaleza “incomprensible”; lo mismo pasó con la música. Al jazz le fue muy mal, pues le llamaron música degenerada, una blasfemia cultural, sobre todo por haber sido creada por negros. A los nazis les disgustaba la “informalidad” de la improvisación, pues para ellos era la “antítesis” de la alta cultura. Sin embargo, es curioso saber que a pesar del hostil escenario, Benny Goodman trascendió dichas creencias, pues el triunfo nazi fue celebrado en Alemania con la música del popular compositor norteamericano, claro que con letras cambiadas, a manos de la Nazi Swing Band.

En Cuba ocurrió lo mismo: el jazz fue prohibido por el gobierno de Fidel Castro. Esto no logró mermar la trascendencia de grandes músicos y proyectos cubanos. En Irakere comenzaron los reconocidos Paquito D’Rivera, Arturo Sandoval, Chucho Valdés…  pioneros de la fusión entre el jazz y la música cubana, creando un híbrido que hasta la fecha es aplaudido como latin jazz. El mismo maestro Sandoval me contó en entrevista lo siguiente:

-Te ha tocado ver muchos fragmentos de la historia política. Escuchabas “La voz de América”, cuando esta emisora de radio estaba prohibida por Fidel Castro. ¿Cómo era la experiencia de estar escondido escuchando lo que más amabas? –Le pregunté.

-Una experiencia triste, desagradable, porque ellos le llamaban “la música del imperialismo yanqui” al jazz. Estaba muy lejos de esa realidad. No éramos bien vistos por el gobierno, la gente que le gustaba la música de jazz. Eso pasó hace muchos años, gracias a Dios, y hay muchas cosas buenas, bonitas[…]. –Contestó Arturo.

Lo que no cuenta el gran trompetista y discípulo de Dizzy Gillespie, es que tocar jazz le significó años de exilio, lejos de su familia en Cuba.


Arturo Sandoval recibiendo la Presidential Medal of Freedom, a mano del expresidente de los Estados Unidos, Barack Obama. Fuente: ArturoSandoval.com

El saxofonista cubano Ariel López García, que actualmente vive en Monterrey, Nuevo León, me contó por teléfono cuándo fue que la censura comenzó a borrarse en Cuba:

“Yo nací en el 70… no era nada más el jazz, era toda la música en inglés; los grupos de rock y cualquier cosa que no estuviera en español. Eso fue hasta el 79, que se abrió un programa para que fueran Weather Report y otros músicos de Estados Unidos. En la actualidad en Cuba uno escucha la música que quiere escuchar”.

Jazz (¿censurado?) en México

El maestro Francisco Téllez, educador, creador del plan de estudios de jazz de la Escuela Superior de Música (ESM), e impulsor de muchas generaciones de jazzistas mexicanos,  me contó en entrevista que el jazz entró a la radio de nuestro país por primera vez  gracias a la voz de un atrevido programador, durante la víspera de un año nuevo:

“Juan López Moctezuma fue un promotor de jazz, que tuvo los programas Panorama de Jazz y Jazz en la Cultura, de Radio UNAM; el que ahora tiene Roberto Aymes. Moctezuma era locutor, tenía que programar música clásica. Se le ocurrió en una ocasión, el fin de año de 1959, pasar jazz; con la consigna de que a lo mejor lo iban a correr de la estación. Ese fue el inicio.”(Téllez citado en Romero, 2018).

Francisco Téllez en entrevista con Bop Spots, 2018. Foto: Mónica García.

Esto quiere decir que a mediados del siglo pasado, el jazz ponía en riesgo la carrera del que se atreviera a promoverlo. ¿Por qué lo prohibían? Probablemente porque así como se difunde un género, los mitos tras él también. El jazz solía ser una considerado una “música de cabaret” tanto en Estados Unidos como en México; fue poco a poco que el estigma se fue borrando, en tanto que el jazz se movió de los bares hacia los cafés y las instituciones educativas en nuestro país. Bien nos cuenta el maestro Téllez (2018):

“Tenemos que considerar que en México tuvimos un regente, Ernesto Uruchurtu Peralta, que acabó con los clubes de jazz que había en ese tiempo: El Rigus, La Concha… no eran exactamente lugares de jazz, eran más bien cabarets y lo que hacían los músicos es que al abrir tocaban una pieza de jazz y luego se daba el espectáculo de un artista. De esa manera yo también trabajé, era normal.

Cuando se cierran esos lugares, empiezan los cafés de jazz, en las tardes y no se vendía alcohol. En ese periodo comenzamos a trabajar en algunas preparatorias. Yo con el grupo de jazz toqué en la Prepa 5, en la Facultad de Medicina, en la Prepa 1; también Juan José Calatayud lo hacía. Había una revolución musical en todo el mundo, porque los lugares donde se tocaba el jazz eran cabarets; el que comenzó esto en Estados Unidos fue el Cuarteto de Dave Brubeck, que empezó a tocar en diferentes escuelas, su Take Five y todo eso.”

El maestro Téllez, al igual que otros músicos que desarrollaron su carrera por los años 60, platicó cómo en las instituciones superiores de enseñanza musical, existió un proceso para institucionalizar el jazz, pues durante un tiempo no fue considerado música, frente a la formación clásica; postura decidida en Estados Unidos y demostrada con claridad desde la publicación de las “Opiniones del público masculino prominente y músicos” en The Etude. Téllez cuenta el caso de la ESM:

“La reforma educativa comenzó desde esa época: 1968, porque entré con esa finalidad. Héctor Infanzón, que fue de mis primeros alumnos, recuerda que cuando inicié los talleres de jazz en la escuela, el primer concierto que dimos en Cuba 92, en la sala Silvestre Revueltas; fue con Jazzamoart y fue un programa de puro free jazz. Por eso hice la escuela: venía yo de un proceso en el que me prohibían hacerlo” (Téllez citado en Romero, 2018).

Las creencias que limitaban al arte también vivían en las venas de otras importantes instituciones, como la Facultad de Música de la UV. Respecto a esta última, el maestro Humberto León, guitarrista prodigio y miembro original de Orbis Tertius, cuenta su propia experiencia:

“Cuando yo quise intentar estudiar en la Escuela de Música, en ese entonces Conservatorio, yo era un chamaco de ocho años (en 1958) y pasé por ahí porque salí temprano de la escuela.

Entré, me vio el Director, “¿qué deseas niño? –es que quería saber cómo están las clases de música aquí, cuánto, cuáles son los requisitos? . -Me dijo “Esto y esto y esto… ¿qué instrumento quieres tocar? –No pues, la guitarra-“. Fui regañado por el maestro. “¡La guitarra! ¡La guitarra no es de concierto, eso sirve nada más para hacer chúntata!, ¿quién te dijo que era de concierto?” (León, citado en Romero, 2012).

Sin embargo, en la actualidad el jazz se ha logrado institucionalizar en nuestro país, como en Estados Unidos. Hoy contamos con el Centro de Estudios del Jazz, JazzUV, creado por el maestro Edgar Dorantes; y con otras instituciones privadas que abrazan la formación de músicos en este sentido.

En cuanto a su difusión, el jazz no aparece en la televisión más que en programas esporádicos o presentaciones especiales; sus espacios están prácticamente limitados a ciertas estaciones de radio o a programaciones de la radio local de algunos estados, a uno que otro festival, a aquellos venues que logran sobrevivir y que, lamentablemente, se encuentran centralizados en la CDMX. Además, existen muy pocos comunicadores de periodismo especializado en el género.

La intención de que haya jazz existe pero, ¿cuál es nuestra limitante más fuerte? Mi hipótesis es que se trata de la industria cultural.

Industria cultural: la censura implícita del jazz

Hoy vivimos en el mundo una situación cultural difícil pues, como menciona el crítico de jazz James Blumenfeld, cada vez existen menos espacios para el periodismo musical. Y es que la música compleja es cada vez más escondida por la industria cultural que enaltece los productos vacíos, que no aportan al arte ni a la inteligencia.

Durante los últimos años, los éxitos más vendidos a lo largo del globo han sido compuestos por Max Martin (Reece, 2018), quien utiliza prácticamente la misma fórmula en todos sus temas. La manipulación es crítica, pues se aprovechan del lavado de cerebros. Como indica el neurocientífico David Eagleman (2019), en su documental The Creative Brain, el cerebro tiende sentirse cómodo a repetir la información que ya conoce, antes que a buscar nuevas experiencias. Por esta razón es más fácil apropiarse de temas pop que recurren a elementos prácticamente idénticos; esto también ocurre en el caso del reggaetón , por ejemplo.

Tal proceso, según Reece (2018), también está acompañado del bombardeo mediático pagado por las grandes industrias para que sus músicas protagonicen todos los espacios públicos posibles: tiendas, supermercados, bares, etc. Entonces, ¿cómo competirían las músicas complejas cuyos autores apenas luchan por sobrevivir, frente al enramado estrambótico y desbordante de dinero con el que cuentan los líderes de la industria musical?

En el documental The TRUTH Why Modern Music Is Awful, se menciona cómo antes, durante la época de The Beatles, Led Zeppelin, etc. (yo incluiré a Miles Davis, Dave Brubeck, Charles Mingus, Ornette Coleman, Henry Mancini; incluso si nos vamos hacia atrás, tendremos a Billie Holliday, Oscar Peterson, Chet Baker, Louis Armstrong…), las disqueras tomaban música de varios proyectos posibles y la ponían frente al público para que este mismo eligiera qué era lo que quería comprar. Hoy, en cambio, la industria decide por las audiencias qué es lo que quiere venderle y lo hace de manera indiscriminada.

En el mismo documental, se explican datos desarrollados por Reece (2018):

Durante los años 1955-2010, investigadores y científicos analizaron 500,000 canciones[…] Tomaron estas canciones para medir lo siguiente: complejidad armónica, diversidad tímbrica y volumen. Primero, las investigaciones confirmaron que durante las últimas décadas el timbre ha disminuido […]; el timbre alcanzó su cúspide durante los años 60.  Esto quiere decir que las canciones tienen menos diversidad en su instrumentación y en sus técnicas de grabación. Todo esto nos lleva a que la música se ha vuelto más simple. Dado que la música popular moderna está basada en un uso repetitivo de ritmos simples, la complejidad armónica también ha decaído durante décadas. Por ejemplo, “A Day in Life” de The Beatles; “Kashmir· de Led Zeppelin y la colaboración de la Sinfónica de San Francisco con Metallica en el álbum S&M de 1999, implican la importancia de la alineación de las bandas, así como orquestas completas bajo la instrucción de un director.

[…] Como reportó la Scientific American, investigación realizada por el Artificial Intelligence Research Institute of the Spanish National Research Council en Barcelona, se confirmó que la música  durante las últimas décadas también contiene letras más simples que comprender.

Esta parte llama particularmente mi atención, pues en el jazz encontramos compositores que además fueron grandes poetas y o colaboradores de Broadway. Cole Porter, por ejemplo. Recordemos que Tim Pan Alley fue muy influyente en la creación de los grandes standards de jazz. Citando las palabras del periodista y biógrafo, James Gavin (2018):

[…]mi respeto va dirigido a los grandes compositores y poetas de la canción popular, que eran impecables. Noel Coward: genio; Cole Porter: genio; Ira Gershwin: genio. Estos hombres conocían el lenguaje y la artesanía popular de una manera que casi nadie lo hace hoy. La artesanía era esencial, tenías un mensaje, tenías la idea, pero también tenías las reglas del arte que seguías y eso para mí es hermoso.

Volviendo al tema, Reece (2018) también nos explica una técnica utilizada por la industria discográfica reciente para atrapar a los públicos:

Dynamic Range Compression es el acto de impulsar ciertas áreas de la canción, para que las partes más silenciosas alcancen las más sonoras. Esto se hace de manera electrónica en el estudio. La razón de esto es que recientemente los productores se encuentran en una pelea por quién genera música más alta el términos de volumen. Esta técnica también implica que a pesar del nivel del volumen que el escucha utilice, la música seguirá siendo fuerte. La competencia entre productores tiene sentido: por ejemplo, sólo un pequeño grupo de personas notará a una persona en la esquina que grite y susurre algunas palabras; pero si esa persona está continuamente gritando, todos la escucharán. […]Esta técnica asegura que cuando la canción salga, todos puedan escucharla y asociarla con otras canciones de pop. No hay nada de malo al utilizar la compresión dinámica en la creación musical, excepto cuando se abusa de ella y se rompen las leyes de la física. La física establece que no puedes hacer un sonido más fuerte que el volumen al que fue grabado. Esto causa una distorsión y una pérdida de la calidad a lo largo de la canción. Cuando comprimes el rango dinámico de una canción, la variedad tímbrica se pierde y los tonos bajos producidos por guitarras y baterías se vuelven obsoletos, pues controlan la música en vez de acompañarla.

En pocas palabras: la música que hoy nos invade carece de inteligencia, creatividad y sensibilidad tanto a nivel musical como poético. ¿Qué es lo que podemos hacer para evitar que nos manipulen de tal modo? Atrevernos a consumir lo que está fuera del sistema, mucho de ello lo encontramos en la música clásica, el jazz y el rock de los años sesenta; o en bandas y compositores underground a los que debemos dar una oportunidad. Y como indica David Eagleman (2019): “try something new[…] push boundaries”, ve siempre más allá, estudia y elige nuevas alternativas para ser creativo, lo cual también implica extender tus esfuerzos hacia un consumo artístico que desconoces, te puedes encontrar muchas sorpresas.

Básicamente, estamos viviendo una censura implícita: el jazz, como otras músicas ricas y complejas, no se escucha en México y otras partes del mundo occidental porque los medios de comunicación están repletos de lo que estos mismos nos quieren vender y los públicos no están desarrollando consciencias críticas.

Yo me atrevo a considerar que son los medios quienes controlan las audiencias y que, en contraste con lo que se ha considerado siempre, el jazz sí le gusta al ser humano por naturaleza. En primer lugar porque yo he visto con mis propios ojos cómo niños se alborotan hasta con el bebop más complejo: se tiran al piso y bailan; o bien, observan con muchísima curiosidad los procesos creativos en acción, que construyen semejantes edificios armónicos, rítmicos, tímbricos y armónicos. En segundo lugar, porque yo misma he experimentado con familiares y amistades: les ambiento con diferentes tipos de jazz sin avisarles, lo cual resulta atraparles y parecerles sumamente atractivo. Eventualmente preguntan: ¿qué es eso?

Además, existen incluso hallazgos biológicos que lo comprueban, como indica Carl Sagan (1977):

[…] a chimpancés y otros primates no humanos se les ha enseñado una variedad de lenguajes gestuales. En el Yerkes Regional Primate Research Center in Atlanta, Georgia, aquellos están aprendiendo un específico lenguaje computarizado llamado (por los humanos, no por los chimpancés) “Yerkish”. La computadora registra todos los temas de las conversaciones, aún durante la noche cuando no hay humanos alrededor; y de estos servicios hemos aprendido que los chimpancés prefieren el jazz al rock[…]. (p. 119).

¿Qué pensarán del resto de la música?

Artistas con visión política

Mientras las políticas de segregación y la industria cultural nos censuran el acceso a los géneros musicales que nos permiten abrirnos hacia posturas críticas (tanto por su contenido estructural, poético e ideológico), existen artistas que protegen la grandeza del jazz y abogan por la libertad de expresión. Entre mis entrevistados he encontrado posturas que inspiran. Tales son los casos de Antonio Sánchez, el baterista mexicano que ha triunfado a nivel mundial; y José James, el cantante neoyorquino que no permite las fronteras.

Antonio Sánchez (fragmento de entrevista, 2018):

-Yo estoy bastante contenta con que siendo un artista y una figura pública, tengas esa visión de analizar todos estos aspectos. Los medios que tienen la voz no necesariamente difunden valores, tú sí. Me emocionó ver tus posts acerca de Trump… -Le pregunté.

-Me parece muy necesario que todos levantemos la voz. Quienes tenemos un poquito más de audiencia, todavía más importante y más necesario. Sobre todo los artistas, porque en general los artistas tendemos a ser gente que analiza la situación de una manera más global y que estamos al tanto de lo que está pasando en nuestro momento porque eso repercute directamente al arte que creamos. Estoy aterrado por lo que va a pasar ahora, pero sobre todo por las repercusiones que va a tener en el arte en sí todo esto; yo sé que en momentos de crisis y de histeria hay muy buen arte pero también influye mucho el gobierno cómo va a apoyar a las artes. Por ejemplo, Obama con la cantidad de jazzistas que tuvo en la Casa Blanca durante su mandato, eso invierte, eso jamás se va a volver a dar. Es algo muy triste, muy preocupante, por eso debemos levantar la voz. –Contestó Antonio.

Antonio Sánchez (2018)

Jose James (fragmento de entrevista, 2017):

-¿Es responsabilidad del artista hablar sobre lo que sucede? –Le pregunté.

-No sé si es una responsabilidad, porque si digo que ‘sí’, eso significaría que todo artista debe hacerlo. Y no todos… no es su don. Por ejemplo, tengo una buena amistad con Saul Williams; y él es un líder fantástico, y es muy político y eso es una gran parte de su trabajo, y de su espíritu, y de sus actuaciones. En cuanto a mí, yo no soy ese tipo de líder, la gente responde hacia mí como crooner, con un sentimiento sexy. Pero, con este álbum pienso que, con toda la mortalidad provocada por la policía, y la discriminación hacia los afroamericanos en EU, y hacia los latinos, creo que es una declaración política, y un acto político hacer canciones de amor y decir ‘¿sabes qué? No estoy definido por la esclavitud, no estoy definido por la discriminación, soy una persona completa que tiene una vida rica y tengo la libertad de crear’. Creo que se trata de un ‘sí’ o de un ‘no’, todos deben ser sinceros sobre donde están parados en este momento, creo que es importante para el artista decir dónde están políticamente: Yo no apoyo a Trump, no apoyo su administración, no apoyo ninguna de sus visiones, y creo que es importante decir eso, la gente debe saber que al comprar tu trabajo no están apoyando una velada agenda racista y sexista.

-Obama estaba creando conciertos, traía música a la gente. Trump… no sé qué es lo que pretenda hacer en relación a la música, pero ¿tú qué opinas de todo esto?

-Creo que por suerte existen la música y la industria musical, ¿cierto? La música existió mucho antes que la industria musical. La música nunca se irá. Puedes cortar todos los recursos del mundo mañana, a todas las artes, y nosotros seguiríamos creando belleza porque nuestra música es una forma en que los humanos toman pensamientos y emociones complejos, y se los dan a la sociedad de una forma muy interesante que, de alguna manera te lleva a ver el mundo de manera diferente. Como ahora yo estoy rodeado de hermosas obras de arte (señala las fotos de la galería Ángulo Cero), tan sólo estas líneas guían tus ojos y te hacen pensar ‘¡oh! Todas estas cosas, invisibles en la naturaleza, para el ojo desnudo, pero existen’, ¿sabes? Los artistas pueden… aún algo así puede hacer que tu cerebro comience a pensar de una manera diferente. Trump no puede cambiar eso, Bush no pudo cambiarlo. Creo que, a lo mucho, ellos hacen que muchos artistas respondan con más empuje, y muchos artistas están creando en tiempos de locura.

Jose James en entrevista con Bop Spots, 2017.

La primera labor del artista es para sí mismo y sus creaciones. Sin embargo, es interesante reconocer el impacto de aquellos que se han dedicado, además, a aprender sobre lo que ocurre en su entorno político, económico y social; y que han llevado a audiencias a sensibilizarse al respecto. ¿Vamos a negar, por ejemplo, todo lo que lograron los proyectos “Do They Know It’s Christmas?”, “We Are The World” o Live Aid, al recaudar fondos en beneficio de países más pobres?

¿Qué se puede hacer para combatir la censura en el jazz y cualquier otra expresión artística?

El jazz es una expresión musical compleja (en timbre, armonía, ritmo), también lo fue de manera poética gracias al trabajo de grandes compositores que, a su vez, fueron poetas. Además, el jazz lleva consigo una grande carga histórica que le ha convertido en un emblema de los derechos humanos y la paz.

Por razones políticas y económicas, el jazz ha sufrido estigmas y censuras a lo largo de la historia y del globo. En la actualidad vivimos en México y Estados Unidos, una censura tácita (¿planeada?) hacia la música inteligente; en tanto que se enaltecen productos simples y fáciles de vender. ¿Qué se puede hacer al respecto? Leer más, escuchar más, investigar bien y comenzar a cuestionar qué es lo que consumimos para entretenernos.

Bibliografía:

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Romero, E. (2018) Escribí tanto “jazz” en mi máquina de escribir, que se me rompió la “z”. Bop Spots. Tomado desde: http://www.bopspots.com/2018/12/30/escribi-tanto-jazz-en-mi-maquina-de-escribir-que-se-me-rompio-la-z/

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Romero, E. (2016). Jazz en tiempos de crisis política. ¡Deja de arruinar el mundo, Donald Trump! Bop Spots. Tomado desde: http://www.bopspots.com/2016/11/24/jazz-en-tiempos-de-crisis-politica-deja-de-arruinar-el-mundo-donald-trump/

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Romero, E. (2018). La baqueta que dirige: Antonio Sánchez. Bop Spots. Tomado desde: http://www.bopspots.com/2018/06/12/la-baqueta-que-dirige-antonio-sanchez/

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